lunes, abril 09, 2007

Otra vez Ben-Hur


Ben-Hur es la historia de un judío al que le friegan la vida por una teja mal colocada de su azotea. Ese es el pretexto para el inicio de un periplo a lo Ulises en la que el personaje principal tiene que luchar contra la rabia, la injusticia, y el deseo de venganza para encontrar al final de su viaje la paz interna a través del perdón hacia los demás.

En realidad depende de cómo se le quiera enfocar, a mi me agrada la poesía que encierra, y que se refleja a través del rostro de los actores - en especial el de Charlton Heston - sus propias incertidumbres, sus maneras heterogéneas de pensar, sus propias contradicciones, todo queda retratado en un breve gesto, una mirada. Así, por ejemplo, basta una breve escena en la que Judá le da permiso a su esclava de desposarse, para dibujarnos el amor secreto que guardan ambos personajes, la mirada de ella, atenta, congelada, iluminada, mirando los ojos de Judá, triste porque tiene que dejarla ir.

Charlton Heston, a través de las películas en las que actúo - además de tener un aire a mi papá - siempre reflejó el hombre fuerte que soporta calamidades de todo tipo, el luchador que es capaz de enfrentarse a ejércitos (“El Cid”), el tipo designado a conducir el pueblo de Dios hacia la tierra prometida (“Los Diez Mandamientos”) e incluso afrontar apocalípticos futuros (“Cuando el destino nos alcance”, “El planeta de los simios”).

Sin embargo no es el héroe que se las sabe todas, ni que asume el rol de salvador absoluto, no es el Keanu Reeves de los 60’s, porque Heston en general se mantiene en su futuro inmediato, ajeno a lo que vendrá, afronta sus desgracias con el rostro levantado, o aprende hacerlo y lo hace por los seres que ama, movido por el espíritu de su nación en muchos casos.

El momento más memorable para mí en la película Ben-Hur y que siempre me conmueve, se encuentra cuando, Judá, reducido a lo más bajo como esclavo, cansado, con sed de agua y de venganza, vistiendo harapos y con los pies ensangrentados, se deja caer al suelo derrotado, y clama la ayuda de Dios.

En ese momento unas manos acarician su cabeza y le acercan un poco de agua. Judá bebe instintivamente, calma un poco su sed física y luego mira al dueño de aquellas manos.

Su mirada se congela ante la grandeza de los ojos del extraño, privados a nuestros ojos, quién es este hombre? Parece decir su rostro confuso y a la vez aliviado, porqué me reconforta el agua que me da?, como si no le diese agua sino fuerzas para seguir.

Es la respuesta de la esperanza.

Y entonces un soldado romano trata de alejarlo pero al intentar insistir se topa con el rostro del desconocido. El soldado se siente confuso, parece cuestionarse no solo la presencia de aquél extraño sino el sentido mismo de su existencia.

Y Judá parte, sin comprender, pero sabe que seguirá, que ya no desfallecerá en el camino, aunque ignora la razón de tan mágico prodigio.

Luego, ya casi finalizando la historia y habiendo recorrido años tormentosos, de haber bebido de la gloria pasajera, haber sufrido infinidad de injusticias y saboreado la venganza para comprobar que es el trofeo más decepcionante cuando se llega a poseerlo, cuando piensa que la ira y el absurdo va a consumirlo, se topa nuevamente con el extraño que lo ayudó, Jesús era su nombre.

En esa ocasión Judá le da de beber así como lo hiciera aquél años atrás, y volvería a ver aquellos ojos que encendieron esperanza en él alguna vez. Sólo que esta vez Judá comprendería y por fin aprendería que el perdón, para con los demás y consigo mismo, lo llevaría a ser verdaderamente libre.


2 comentarios:

Just dijo...

Sr Carlos,
es la mejor descripción del mensaje de la película que he podido leer por mucho tiempo.

Un saludo.

Coralí dijo...

Ojala pudiera decir lo que tan magistralmente has descrito...sin darme cuenta publique sobre el mismo tema, inspirada en los mismos sentimientos pero sin poder ponerlos en palabras...grande y mágico como siempre!!